Penobscot 44/68

The Penobscot is one of the rivers which starts in the Appalachian Mountains and crosses the state of Maine (USA) from the north to the south.

The Penobscot indians were the first people to name the river Penobscot. The explorers from France, who first arrived there at the start of the seventeenth century, wrote about the Indians that pointed at the river and said Panawanskek or Panamske or Panouske or Piimnaouamske and so on for more than fifty variants of the verbal music of the Algonquin people that the French ear translated and was mesmerised by.
Four centuries later, on 31st December 2013, one day after having left Gasteiz and a few minutes before the inhabitants of Maine welcomed in the New Year, my companion and I landed in Bangor airport. Ten kilometres up stream was, and still is, the state university where I would act as professor of Spanish language and literature for the so-called Spring semester.
What we couldn’t imagine then was that winter would last until the middle of April, with minimum temperatures of -30ºC and almost constant snowfall. In spite of this, of the way in which the cold shrinks and simplifies existence, the singularity of the space and time in which we found ourselves wasted no time in imposing itself and demanding from us new forms of paying attention, of thinking ourselves, and of thinking.
Going for a walk. Taking some photos. Coming home. That’s how I welcomed the thaw. Very quickly, the images I took on some meticulous and comically circular walks became centred around various recurring themes: blind arcades, the border areas between houses and the forest, the Penobscot—as omnipresent as its forks—, vehicles and more vehicles, fallen trees and trees still standing, everything accompanied by an extraordinary number of piles of earth and gravel that the snow gradually left behind like a reminder or a warning. The repetition was without a doubt a consequence of the monotony of the place, its languor and isolation. None of this, however, stopped me going out in search of the same arcades, the same trees, the cars and the piles, again and again.
The landscape influences us and makes us porous, or it drowns us and soaks us through, which is the same anyway; it moulds our visual sensitivity and determines our emotional responses to the proportions of space. This influence is what is known as the ‘mark of the landscape’. More than anything else, the images in this exhibition should be considered in this way: marks of the landscape, my experience in Maine reduced to its elemental and contemplative particles. Doubly reduced given that the selected photos were taken in the outskirts of the Penobscot during its passage through Orono, in the most Northern zone of the quadrant formed by the coordinates 44° North / 68° West.

Rubén Ángel Arias,
Gasteiz, May 2015

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2015

Curatorial work for Dr. Rubén Á. Arias.

Penobscot 44/68

El Penobscot es uno de los ríos que nacen en la cordillera de los Apalaches y cruzan de Norte a Sur el estado de Maine (EE.UU.).

Fueron los indios Penobscot quienes llamaron Penobscot al río. Los exploradores que, procedentes de Francia, llegaron allí a comienzos del siglo XVII cuentan que los indios señalaban al río y decían Panawanskek o Panamske o Panouske o Piimnaouamske, y así hasta las más de cincuenta variantes con que el oído de los franceses traducía o alucinaba la música verbal de los algonquinos.
Cuatro siglos más tarde, el 31 de diciembre de 2013, un día después de haber salido de Gasteiz y unos minutos antes de que los habitantes de Maine entrasen en el Año Nuevo, mi compañera y yo aterrizamos en el aeropuerto de Bangor. A unos diez kilómetros río arriba desde allí, se encontraba –y se encuentra– la universidad estatal donde ejercería de profesor de lengua y literatura españolas durante el semestre denominado de primavera. Lo que no podíamos imaginar entonces es que el invierno duraría hasta mediados de abril, con temperaturas mínimas de treinta grados bajo cero y nevadas casi constantes. A pesar de ello –a pesar del modo en que el frío contrae y simplifica la existencia– la singularidad del entorno en que habitábamos no tardaría en imponerse y en exigirnos nuevas formas de atención, nuevas formas de pensarnos y pensar.
Salir de paseo, hacer unas fotos, volver a casa. Este fue el ritual con el que inauguré la estación del deshielo. Muy pronto, las imágenes que obtenía en unas caminatas escrupulosa y cómicamente circulares se ordenaron en torno a una serie de motivos recurrentes: fachadas ciegas, zonas de frontera entre las viviendas y los bosques, el Penobscot –tan omnipresente como sus ramales–, vehículos y más vehículos, árboles caídos, árboles en pie y una cantidad extraordinaria de montones de tierra y grava que la nieve iba dejando a la manera de recordatorio o advertencia. La repetición se debía, sin duda, a la monotonía del lugar, a su lentitud y su aislamiento. Nada de ello, sin embargo, impedía que volviera a salir en busca de las mismas fachadas, los mismos árboles, coches y montones, una y otra vez.
El paisaje opera sobre nosotros, moldea la percepción y –de una forma difícil de precisar– determina nuestras respuestas anímicas a las proporciones del espacio. Esta influencia es lo que se conoce como marca del paisaje.
Las imágenes de esta exposición deberían considerarse, antes que nada, eso: marcas del paisaje, mi experiencia en Maine reducida a sus partículas contemplativas elementales. Doblemente reducida, pues todas las fotografías seleccionadas las hice en los alrededores del Penobscot a su paso por Orono, en la zona más septentrional del cuadrante formado por las coordenadas 44° Norte / 68° Oeste.

Rubén Ángel Arias,
Gasteiz, Mayo de 2015